Élmer Mendoza
Tusquets (2008)
Género: Novela negra
III Premio Tusquets Editores de Novela

Roberto Bolaño
Editorial Anagrama
2004
Se puede matar a una mujer y se puede matar a
2666 habla de literatura y habla de violencia. Del infierno.
Antes de morir y estando ya muy enfermo, el escritor Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953-Barcelona, 2003), dejó sentado que las cinco partes que componen 2666 fuesen publicadas por separado, pero su albacea, el crítico literario Ignacio Echevarría, y el editor de Anagrama, Jorge Herralde, convinieron en que la obra debía publicarse como uno y único libro. Como el Max Brood de Kafka tomaron su propia decisión, quizás la más correcta literariamente: dejar como una única novela lo que como tal fue escrito. Una única novela, incomensurable y salvaje, que de alguna extraña manera nos recuerda a la cortazariana Rayuela. ¿Qué tienen en común además de su extensión y ambición? ¿Es puro márqueting? Algo hay, es cierto, pero las conexiones existen. Se trata de grandes novelas transculturales que superan sin ambages las identidades nacionales de Latinoamérica. Novelas on the road, novelas de múltiples voces y escenarios. Asimismo, tanto Cortázar como Bolaño nos plantean adivinanzas, juegos de una profundidad y simplicidad sin límites, como los poemas de Césarea Tinajero. Ambas exigen el concurso del lector, su participación activa en el fracaso narrado. Y comparten protagonistas. Horacio, como Archimboldi, como los detectives salvajes, son escritores antihéroe. Poetas perdedores, alcohólicos, latinoamericanos, cultos y tristes. Protagonistas los individuos y protagonistas, los grupos.
Novela coral, poliédrica y multifacética presenta algunas de las características más reconocibles de la literatura de Bolaño. Nos encontramos ante la sacralización del grupo como personaje. Al igual que habíamos visto con el Club de
Sentido. ¿Hay sentido para colgar un libro de geometría en el tendedero de la ropa? ¿Hay sentido en buscar a un autor perdido? ¿Hay sentido en la escritura? ¿Y en la lectura? ¿Lo hay en el número que compone el enigmático título de la novela?
Nada se explica acerca del significado de 2666. Quizás sea una adivinanza más, un juego de Bolaño, o quizás el misterio se deba a la muerte prematura del autor. En otra de sus novelas, Amuleto, podemos encontrar una pista:
“… y luego empezamos a caminar por la avenida Guerrero, ellos un poco más despacio que antes, yo un poco más deprisa que antes,
Para el crítico Ignacio Echevarría, 2666 sería una fecha que “actúa como punto de fuga en el que se ordenan las diferentes partes de la novela. Sin este punto de fuga, la perspectiva del conjunto quedaría coja, irresuelta, suspendida en la nada”.
“Ya sabía que escribir era inútil. O que sólo merecía la pena si uno está dispuesto a escribir una obra maestra” dice uno de los personajes. Y no, aquí el de Bolaño no fue un ejercicio inútil. Ante nosotros tenemos una obra maestra.
El maestro y Margarita Los manuscritos no arden.
Mijaíl Bulgákov
El gobierno soviético fusila a todos los gatos negros de
"Dígame, ¿es que para convencerse que Dostoievski es un escritor, es necesario pedirle su carnet? Coja cinco páginas cualesquiera de alguna de sus novelas y se convencerá sin necesidad de carnet de que es escritor." Así habla uno de los protagonistas de la novela. Cojamos nosotros cinco páginas de Bulgákov y entre personajes desquiciados y las líneas de un argumento ridículo veremos la férrea mano de un gran escritor. Bulgákov sufrió durante toda su vida la humillación burócrata de Stalin, que jugó con él como un gato con un ratón a través de censuras, prohibiciones y retiradas de librerías y bibliotecas. En la era postrevolucionaria escribir era una cuestión de Estado y el escritor hubo de ocupar un lugar secundario en la vida cultural de
Los cuentos de hadas son más que ciertos—no porque nos digan que los dragones existen,
sino porque nos dicen que pueden ser vencidos.G. K. Chesterton
Sir Arthur Conan Doyle
AKAL
2009
Pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes es una
de las buenas costumbres que nos quedan. La muerte
y la siesta son otras. También es nuestra suerte
convalecer en un jardín o mirar la luna.
Jorge Luis Borges, Los conjurados.
Sherlock Holmes es el mejor y más famoso detective de todos los tiempos. Ni el Poirot de Agatha Christie ni los héroes de la novela negra estadounidense pueden compararse a este enjuto inglés, drogadicto hasta la médula y tan aburrido de su condición burguesa que de vez en cuando necesita una inyección de misterio sin resolver para sentirse vivo.
No hay otro como él, pero pese a todo su relumbre, la calidad literaria de la obra de Sir Arthur Conan Doyle es más que cuestionable, se considera mero entretenimiento. Sin embargo, para los menos proclives a dejarse llevar por la normatividad académica, las novelas de Sherlock Holmes son un todo un clásico, puro deleite.
Holmes pedía a gritos su obra definitiva y la de Akal es la publicación sobre Sherlock Holmes más importante de las últimas cuatro décadas. Una edición de lujo de una de las máximas autoridades sherlockianas del mundo, Leslie S. Klinger. En sus más de novecientas páginas tienen cabida los cuatro «relatos largos» de Sherlock Holmes publicados entre 1887 y 1915 en el orden original en que fueron publicadas:" Estudio en escarlata", "El signo de los cuatro", "El sabueso de los Baskerville" y "El valle del miedo".
Klinger presenta cada una de las novelas y añade casi mil notas con información histórica sobre la Inglaterra victoriana y eduardiana, además de detalladas explicaciones sobre las teorías sherlockianas más importantes. Recopila además alrededor de 400 ilustraciones contemporáneas y fotografías de época. Muy completo, pero eso sí, tal avalancha documental puede abrumar al lector.
Sherlock Holmes dio fama a su autor hasta el punto de llegar a anularlo. Sin dudas, el personaje sobrepasó al creador y quedó ahí, donde el imaginario popular lo había colocado. El mundo puede haber cambiado mucho, pero el solitario de Baker Street sigue manteniendo su atractivo intacto.
Y por cierto, Sherlock Holmes nunca dijo aquello de «Elemental, querido Watson». No aparece en ninguna obra de Conan Doyle.
DineroJohn Self es de esos tipos que lo primero que piensa al ver a una mujer es “¿me la tiraré?”. Del mismo modo, que lo primero que piensa al ver un hombre es “¿tendré una pelea con él?”. Egoísta, borracho, violento, adicto a la pornografía y a la comida basura. De hecho, adicto a todo aquello a lo que uno se puede enganchar y en cantidades industriales. "A veces las adicciones son utilísimas: como mínimo, para satisfacerlas no te queda más remedio que levantarte de la cama." Pero sobre todo John Self (gran juego de nombres) es adicto al dinero. A ganarlo y a gastarlo a espuertas: hoteles de lujo, botellas de scotch, prostitutas y unas juergas monumentales. El dinero es el único lenguaje que entiende, el dinero es una forma de vida, es lo que da seguridad cuando todo va en caída libre. Quien nunca ha tenido dinero sabe de lo que hablo. Y el dinero es el alimento de Selina, la novia del protagonista. Ella se dedica a pedirlo, gastarlo y a contorsionarse en la cama para ofrecerle sus numeritos a cambio. Selina quiere una cuenta conjunta y John empieza a temblar, pero antes, por si acaso, le da una paliza. Así funciona. Sexo, dinero, violencia y alcohol, ¿quién da más? Bienvenidos a la vida de John Self.
Podríamos odiarlo, sería lo más natural. Pero es imposible. Nos habla en primera persona, apela a nuestra comprensión y no podemos evitar cogerle cariño. El propio narrador no sabe qué es lo que realmente está pasando en la historia (al fin y al cabo cuando no está borracho, está de resaca, así no hay quien se entere de nada) y somos nosotros los que nos tememos que todo eso no puede acabar nada bien. Apretamos los labios, movemos la cabeza y seguimos leyendo. Ay, ay, ay… ¿en qué lío te estás metiendo John Self?
En medio del vertiginoso monólogo de nuestro protagonista el propio escritor aparece como un personaje más. Austero y algo borrachuzo como él, habla con su criatura en un juego sorprendente, una cajita dentro de una cajita que se despliegan en líneas brillantes y restallantes ante nuestros ojos. Nos obliga a leer más, a lanzarnos de cabeza a la vorágine, a esa espiral de locura que entre cogorzas y resacas monumentales zarandean al antológico John Self de Londres a Nueva York y viceversa. Amis recrea las dos ciudades centrales del fin del siglo veinte con toda su decadencia y perversión banal. Ciudades basura en una sociedad basura.
La historia es lo de menos: John intenta producir su primera película. Ganar pasta, mucha más pasta, para bebérsela toda o que se la gaste Selina. Convencer a actores chiflados y a guionistas feministas, emborracharse e irse de putas, ¿qué más da? Lo importante es que John Self es uno de los grandes de la literatura. A la altura del insoportable Ignatius de La conjura de los necios. A la altura de los más odiosos y encantadores de la letra impresa. Un antihéroe inefable que cautiva desde la primera página.

Botchan
Natsume Sōseki
Impedimenta
1906
¿Renunciarías a un aumento de sueldo porque crees que tu superior es una mala persona? ¡Buf! Difícil cuestión para muchos de nosotros, pero no para Botchan. Botchan renuncia. Botchan cree en el honor, tiene muy claro lo que está bien y lo que está mal y su inmensa bocaza le impide callárselo. Es impetuoso, sincero, ingenuo y glotón. Botchan es un encantador antihéroe y la novela de su mismo título, hilarante. Increíble cuando descubres que una obra tan divertida tiene un siglo. Increíble cuando descubres que antes de que se escribiera, la literatura japonesa era algo muy, muy diferente.
Hay un antes y un después de Natsume Sōseki. Es el padre de la literatura moderna nipona. Un hito. Su figura es tan importante que encontramos su efigie en los billetes de mil yenes, los más usados en Japón. Lo más importante en él es el lenguaje: nadie en Japón había escrito antes como se hablaba. De hecho Natsume Sōseki tuvo que investigar nuevas fórmulas gramaticales y su novela, que hoy se lee con frescura y fluidez, supuso toda una revolución. Tampoco existía la figura del individualismo antes de Sōseki: no existía el “yo”. Y aparece Sōseki y escribe Yo, el gato, su primera novela, y luego Botchan. Aquí todo es subjetivo, por primera vez en Japón aparece la narración en primera persona. El público estaba ávido de leer y el éxito fue fulgurante e inmediato.
Es una lectura sencilla, muy divertida, pero que oculta una reflexión sobre la hipocresía, la envidia y las extrañas relaciones que entablamos los adultos. Con todos esos ingredientes, no es de extrañar que la obra de Natsume Sōseki lleve un siglo entre las novelas modernas más leídas de Japón. Tantos años después de ser escrita, Botchan es una novela que uno puede recomendar a cualquier lector, seguro de acertar.