lunes, 5 de diciembre de 2011

La parte de la Literatura



Roberto Bolaño

Editorial Anagrama

2004

Se puede matar a una mujer y se puede matar a la Mujer. Una y otra vez. Sin pausa ni descanso, sin dejarnos respirar. La mujer muerta y violada y vuelta a empezar en un bucle de muerte sin fin. ¿Es una mujer la torturada, la mujer latinoamericana o toda Latinoamérica? Torturada, violada, desgarrada y asesinada. No hay paz ni justicia, ni principio ni final. No hay sentido tras las muertes. Solo una mera enumeración de forense de las mil y una maneras en que se puede hacer daño a la mujer, de donde se pueden abandonar sus cadáveres, de los orificios por las que se las puede violar y vejar. Es La parte de los crímenes, uno de los cinco libros en que se divide 2666. Redundante y claustrofóbica espina dorsal de la novela. Dolorosa. Vomitiva.

2666 habla de literatura y habla de violencia. Del infierno.

Antes de morir y estando ya muy enfermo, el escritor Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953-Barcelona, 2003), dejó sentado que las cinco partes que componen 2666 fuesen publicadas por separado, pero su albacea, el crítico literario Ignacio Echevarría, y el editor de Anagrama, Jorge Herralde, convinieron en que la obra debía publicarse como uno y único libro. Como el Max Brood de Kafka tomaron su propia decisión, quizás la más correcta literariamente: dejar como una única novela lo que como tal fue escrito. Una única novela, incomensurable y salvaje, que de alguna extraña manera nos recuerda a la cortazariana Rayuela. ¿Qué tienen en común además de su extensión y ambición? ¿Es puro márqueting? Algo hay, es cierto, pero las conexiones existen. Se trata de grandes novelas transculturales que superan sin ambages las identidades nacionales de Latinoamérica. Novelas on the road, novelas de múltiples voces y escenarios. Asimismo, tanto Cortázar como Bolaño nos plantean adivinanzas, juegos de una profundidad y simplicidad sin límites, como los poemas de Césarea Tinajero. Ambas exigen el concurso del lector, su participación activa en el fracaso narrado. Y comparten protagonistas. Horacio, como Archimboldi, como los detectives salvajes, son escritores antihéroe. Poetas perdedores, alcohólicos, latinoamericanos, cultos y tristes. Protagonistas los individuos y protagonistas, los grupos.

Novela coral, poliédrica y multifacética presenta algunas de las características más reconocibles de la literatura de Bolaño. Nos encontramos ante la sacralización del grupo como personaje. Al igual que habíamos visto con el Club de la Serpiente rayuelino, en 2666, los críticos, como los real visceralistas de Los detectives salvajes, mueven sus individualidades en la fuerza centrífuga del grupo. En Los críticos, la primera parte de la novela, encontramos cuatro profesores de literatura unidos en su común fascinación por la obra de un enigmático escritor alemán, Benno von Archimboldi. La complicidad intelectual entre los cuatro adquiere pronto trazas de vodevil y desemboca en un disparatado peregrinaje a Santa Teresa (trasunto de Ciudad Juárez), en la frontera de México con Estados Unidos. Pero este es solo el principio. Las historias de 2666 se cuentan a sí mismas, desde un yo de fuera, para componer un puzzle del que el lector debe entresacar la verdad, si es que existe alguna verdad con mayúsculas. La historia de los críticos, no es la de Amalfitano, ni la de las muertes, ni la de Archimboldi, pero todas son historias, compuestas por sus propias historias. Cuentos que componen otros cuentos.

Sentido. ¿Hay sentido para colgar un libro de geometría en el tendedero de la ropa? ¿Hay sentido en buscar a un autor perdido? ¿Hay sentido en la escritura? ¿Y en la lectura? ¿Lo hay en el número que compone el enigmático título de la novela?

Nada se explica acerca del significado de 2666. Quizás sea una adivinanza más, un juego de Bolaño, o quizás el misterio se deba a la muerte prematura del autor. En otra de sus novelas, Amuleto, podemos encontrar una pista:

“… y luego empezamos a caminar por la avenida Guerrero, ellos un poco más despacio que antes, yo un poco más deprisa que antes, la Guerrero, a esa hora, se parece sobre todas las cosas a un cementerio, pero no a un cementerio de 1974, ni a un cementerio de 1968, ni a un cementerio de 1975, sino a un cementerio de 2666, un cementerio olvidado debajo de un párpado muerto o nonato, las acuosidades desapasionadas de un ojo que por querer olvidar algo ha terminado por olvidarlo todo”.

Para el crítico Ignacio Echevarría, 2666 sería una fecha que “actúa como punto de fuga en el que se ordenan las diferentes partes de la novela. Sin este punto de fuga, la perspectiva del conjunto quedaría coja, irresuelta, suspendida en la nada”.

Ya sabía que escribir era inútil. O que sólo merecía la pena si uno está dispuesto a escribir una obra maestra” dice uno de los personajes. Y no, aquí el de Bolaño no fue un ejercicio inútil. Ante nosotros tenemos una obra maestra.

jueves, 1 de diciembre de 2011

El circo ha llegado a Moscú. Pasen y vean.

El maestro y Margarita
Mijaíl Bulgákov
Círculo de Lectores
1989



Los manuscritos no arden.

Mijaíl Bulgákov

El gobierno soviético fusila a todos los gatos negros de la URSS. Una bruja cabalga un cerdo volador. Los empleados de una oficina cantan al unísono sin querer y sin poder detenerse. El Diablo ha llegado a la atea Moscú y no viene solo, toda una cohorte de inquietantes e hilarantes demonios le acompaña. Empieza el juego: incendios, malentendidos, desapariciones, desastres e internamientos en un psiquiátrico que jamás estuvo tan concurrido. Moscú se ha convertido en un circo, un carnaval de máscaras en el que todo o nada es lo que parece. Al tiempo, Margarita, una mujer casada, vive un amor imposible con el maestro, un autor que ha escrito una novela sobre Poncio Pilato. Se puede resumir la trama de El maestro y Margarita pero no interpretarla. Podría considerarse una parábola antitotalitaria, pero como señala Christopher Domínguez Michaelleer a Bulgákov solo con los espejuelos de la tragedia soviética es tan peyorativo como dejar a Shakespeare a merced de la reina Isabel y del duque de Essex”. De lo que es seguro es que se trata de una revisión del mito de Fausto a través de la lúcida paradoja expresada por Goethe: el Ángel Caído es “una parte de aquella fuerza que siempre quiere el mal y que siempre practica el bien”. Las tropelías de Voland, el nombre que adopta Satanás, se entretejen con la historia del quinto procurador de Judea en una suerte de revisión del Nuevo Testamento. Ambas tramas argumentales avanzan en paralelo con humor negro que se transforma en un lirismo arrebatado y justiciero.

"Dígame, ¿es que para convencerse que Dostoievski es un escritor, es necesario pedirle su carnet? Coja cinco páginas cualesquiera de alguna de sus novelas y se convencerá sin necesidad de carnet de que es escritor." Así habla uno de los protagonistas de la novela. Cojamos nosotros cinco páginas de Bulgákov y entre personajes desquiciados y las líneas de un argumento ridículo veremos la férrea mano de un gran escritor. Bulgákov sufrió durante toda su vida la humillación burócrata de Stalin, que jugó con él como un gato con un ratón a través de censuras, prohibiciones y retiradas de librerías y bibliotecas. En la era postrevolucionaria escribir era una cuestión de Estado y el escritor hubo de ocupar un lugar secundario en la vida cultural de la URSS, siempre a las órdenes de personajes de inferior talla intelectual. ¡Cómo debió disfrutar el padrecito de los pueblos con la tortura a la que sometía a su bufón vasallo! Mijaíl Bulgákov murió en 1940 con sus dos testamentos literarios todavía inéditos: Novela teatral y El maestro y Margarita. Los periódicos le dedicaron un par de líneas. Stalin lo había logrado.

jueves, 1 de septiembre de 2011

¿Quién tiene miedo al Lobo Feroz?

Caperucita Roja
Charles Perrault, Jacob y Wilhelm Grimm y Ludwig Tieck

Nórdica
2011




Los cuentos de hadas son más que ciertos
—no porque nos digan que los dragones existen,
sino porque nos dicen que pueden ser vencidos.

G. K. Chesterton





Érase una vez un cuento de hadas. En él había una niña y como en todo cuento de hadas que se precie, nuestra pequeña no tiene un nombre como tú o como yo. Se llamará Blancanieves, Cenicienta, Bella Durmiente o Rosaflor. Nunca María, Esther o Lucía. Quizás, como Caperucita Roja, ni siquiera tenga nombre. Una pieza de su vestuario define a la niña que Charles Perrault recuperó de la tradición oral en 1697.


La pequeña no tiene madre. O quizás la tenga pero muera al comienzo de la historia, porque las madres, que siempre son dulces y cariñosas con sus hijitas, deben fallecer para que ellas tomen el relevo. En este caso la buena señora lanza la niña al mundo exterior y desaparece de la historia. Las madres de los cuentos son “demasiados buenas”, por eso tienden a la sobreprotección. Y bajo las faldas de mamá nuestra pequeña protagonista no podría lanzarse al camino que tiene marcado: el bosque lleno de peligros.





Por el camino, nuestra heroína soportará grandes injusticias y superará alguna prueba. Pero por supuesto la historia tendrá un final feliz. O no. El final de Caperucita Roja cambia según quien narra la historia. Al ser el cuento de hadas de transmisión oral que mejor ha sobrevivido al paso del tiempo, a lo largo de los siglos se han realizado múltiples versiones del mismo. La edición de Nórdica reúne las tres principales: Charles Perrault fue el primero en incluir en un volumen de cuentos la historia de Caperucita. Escribió una fábula moralizante con la intención de advertir a las señoritas de la corte sobre los peligros de ciertos hombres, disfrazados de lobos. En su versión Caperucita es devorada sin que nadie la salve. En 1812 Jacob y Wilhelm Grimm retomaron el cuento y su versión, en la que hacen aparecer en el último momento a un heroico leñador que salva a la niña de las fauces de la bestia, es la más conocida hoy en día. Por último el libro incluye la versión dramática y en verso que el escritor alemán Ludwig Tieck escribió en 1800.

Además, coincidiendo con el quinto aniversario del nacimiento de Nórdica, buena parte de los ilustradores que han colaborado con la editorial durante ese tiempo han recreado diferentes partes del cuento.

Pero se echan en falta una buena introducción en la edición de Nórdica. Un análisis de los símbolos ocultos tras una historia en apariencia tan sencilla. ¿Quién puede creer que el rojo de la capa sea inocente? Caperucita Roja tiene muchas lecturas, pero ante todo es un cuento que, de alguna manera, simboliza el paso de la niñez a la adolescencia. Ayuda a los niños a manejar impulsos, terrores y fantasías, además es fuente y reforzamiento de valores.


Los cuentos nacieron como historias para poder tranquilizar, dar respuesta de forma encubierta a preguntas sobre la sexualidad, fijaciones orales, llegada de la pubertad, el matrimonio, etc. Hoy en día han sido suavizados; sin saber que el mismo nivel de “fuerza” en las historias daba las respuestas que el niño estaba esperando, por las violentas emociones que siente en un mundo que empieza a entender.






Caperucita tiene algo de nínfula, algo sutilmente atractivo que hizo que Charles Dickens, ya adulto, confesara que había sido su primer amor. Haga lo que haga esta pequeña lolita acabará en la cama del lobo, así que tiene dos posibilidades: resignarse a su condición de víctima (tema que Sade desarrolló en Justine o los infortunios de la virtud) o convertirse en dueña de su propio destino (en Julieta o la prosperidad del vicio).


Hijas de la primera opción son la Dama de las Camelias, de Dumas; la Marianela, de Galdós y la Pequeña Dorritt, de Dickens; de la segunda, la Nora, de Ibsen; la Lolita, de Nabokov y la Niña Mala, de Mario Vargas Llosa. Caperucita es ambas cosas. Seductora seducida continúa recorriendo los bosques en los que lobos ingenuos creen todavía en la tan inocencia de las niñas. ¿Quién tiene miedo al Lobo Feroz?

martes, 30 de agosto de 2011

Elemental, querido Watson

SHERLOCK HOLMES ANOTADO. Las novelas

Sir Arthur Conan Doyle

AKAL
2009




Pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes es una

de las buenas costumbres que nos quedan. La muerte

y la siesta son otras. También es nuestra suerte

convalecer en un jardín o mirar la luna.

Jorge Luis Borges, Los conjurados.



Sherlock Holmes es el mejor y más famoso detective de todos los tiempos. Ni el Poirot de Agatha Christie ni los héroes de la novela negra estadounidense pueden compararse a este enjuto inglés, drogadicto hasta la médula y tan aburrido de su condición burguesa que de vez en cuando necesita una inyección de misterio sin resolver para sentirse vivo.

No hay otro como él, pero pese a todo su relumbre, la calidad literaria de la obra de Sir Arthur Conan Doyle es más que cuestionable, se considera mero entretenimiento. Sin embargo, para los menos proclives a dejarse llevar por la normatividad académica, las novelas de Sherlock Holmes son un todo un clásico, puro deleite.

Holmes pedía a gritos su obra definitiva y la de Akal es la publicación sobre Sherlock Holmes más importante de las últimas cuatro décadas. Una edición de lujo de una de las máximas autoridades sherlockianas del mundo, Leslie S. Klinger. En sus más de novecientas páginas tienen cabida los cuatro «relatos largos» de Sherlock Holmes publicados entre 1887 y 1915 en el orden original en que fueron publicadas:" Estudio en escarlata", "El signo de los cuatro", "El sabueso de los Baskerville" y "El valle del miedo".

Klinger presenta cada una de las novelas y añade casi mil notas con información histórica sobre la Inglaterra victoriana y eduardiana, además de detalladas explicaciones sobre las teorías sherlockianas más importantes. Recopila además alrededor de 400 ilustraciones contemporáneas y fotografías de época. Muy completo, pero eso sí, tal avalancha documental puede abrumar al lector.

Sherlock Holmes dio fama a su autor hasta el punto de llegar a anularlo. Sin dudas, el personaje sobrepasó al creador y quedó ahí, donde el imaginario popular lo había colocado. El mundo puede haber cambiado mucho, pero el solitario de Baker Street sigue manteniendo su atractivo intacto.

Y por cierto, Sherlock Holmes nunca dijo aquello de «Elemental, querido Watson». No aparece en ninguna obra de Conan Doyle.

¿Me la tiraré?

Dinero
Martin Amis

Anagrama

1988 (1984)

John Self es de esos tipos que lo primero que piensa al ver a una mujer es “¿me la tiraré?”. Del mismo modo, que lo primero que piensa al ver un hombre es “¿tendré una pelea con él?”. Egoísta, borracho, violento, adicto a la pornografía y a la comida basura. De hecho, adicto a todo aquello a lo que uno se puede enganchar y en cantidades industriales. "A veces las adicciones son utilísimas: como mínimo, para satisfacerlas no te queda más remedio que levantarte de la cama." Pero sobre todo John Self (gran juego de nombres) es adicto al dinero. A ganarlo y a gastarlo a espuertas: hoteles de lujo, botellas de scotch, prostitutas y unas juergas monumentales. El dinero es el único lenguaje que entiende, el dinero es una forma de vida, es lo que da seguridad cuando todo va en caída libre. Quien nunca ha tenido dinero sabe de lo que hablo. Y el dinero es el alimento de Selina, la novia del protagonista. Ella se dedica a pedirlo, gastarlo y a contorsionarse en la cama para ofrecerle sus numeritos a cambio. Selina quiere una cuenta conjunta y John empieza a temblar, pero antes, por si acaso, le da una paliza. Así funciona. Sexo, dinero, violencia y alcohol, ¿quién da más? Bienvenidos a la vida de John Self.

Podríamos odiarlo, sería lo más natural. Pero es imposible. Nos habla en primera persona, apela a nuestra comprensión y no podemos evitar cogerle cariño. El propio narrador no sabe qué es lo que realmente está pasando en la historia (al fin y al cabo cuando no está borracho, está de resaca, así no hay quien se entere de nada) y somos nosotros los que nos tememos que todo eso no puede acabar nada bien. Apretamos los labios, movemos la cabeza y seguimos leyendo. Ay, ay, ay… ¿en qué lío te estás metiendo John Self?

En medio del vertiginoso monólogo de nuestro protagonista el propio escritor aparece como un personaje más. Austero y algo borrachuzo como él, habla con su criatura en un juego sorprendente, una cajita dentro de una cajita que se despliegan en líneas brillantes y restallantes ante nuestros ojos. Nos obliga a leer más, a lanzarnos de cabeza a la vorágine, a esa espiral de locura que entre cogorzas y resacas monumentales zarandean al antológico John Self de Londres a Nueva York y viceversa. Amis recrea las dos ciudades centrales del fin del siglo veinte con toda su decadencia y perversión banal. Ciudades basura en una sociedad basura.

La historia es lo de menos: John intenta producir su primera película. Ganar pasta, mucha más pasta, para bebérsela toda o que se la gaste Selina. Convencer a actores chiflados y a guionistas feministas, emborracharse e irse de putas, ¿qué más da? Lo importante es que John Self es uno de los grandes de la literatura. A la altura del insoportable Ignatius de La conjura de los necios. A la altura de los más odiosos y encantadores de la letra impresa. Un antihéroe inefable que cautiva desde la primera página.

martes, 8 de febrero de 2011

Un antihéroes bocaza



Botchan

Natsume Sōseki

Impedimenta

1906

«Los personajes de Sōseki nos ofrecen una nueva definición de lo que es el Humanismo.»
Kenzaburo Oé


¿Renunciarías a un aumento de sueldo porque crees que tu superior es una mala persona? ¡Buf! Difícil cuestión para muchos de nosotros, pero no para Botchan. Botchan renuncia. Botchan cree en el honor, tiene muy claro lo que está bien y lo que está mal y su inmensa bocaza le impide callárselo. Es impetuoso, sincero, ingenuo y glotón. Botchan es un encantador antihéroe y la novela de su mismo título, hilarante. Increíble cuando descubres que una obra tan divertida tiene un siglo. Increíble cuando descubres que antes de que se escribiera, la literatura japonesa era algo muy, muy diferente.

Hay un antes y un después de Natsume Sōseki. Es el padre de la literatura moderna nipona. Un hito. Su figura es tan importante que encontramos su efigie en los billetes de mil yenes, los más usados en Japón. Lo más importante en él es el lenguaje: nadie en Japón había escrito antes como se hablaba. De hecho Natsume Sōseki tuvo que investigar nuevas fórmulas gramaticales y su novela, que hoy se lee con frescura y fluidez, supuso toda una revolución. Tampoco existía la figura del individualismo antes de Sōseki: no existía el “yo”. Y aparece Sōseki y escribe Yo, el gato, su primera novela, y luego Botchan. Aquí todo es subjetivo, por primera vez en Japón aparece la narración en primera persona. El público estaba ávido de leer y el éxito fue fulgurante e inmediato.

Es una lectura sencilla, muy divertida, pero que oculta una reflexión sobre la hipocresía, la envidia y las extrañas relaciones que entablamos los adultos. Con todos esos ingredientes, no es de extrañar que la obra de Natsume Sōseki lleve un siglo entre las novelas modernas más leídas de Japón. Tantos años después de ser escrita, Botchan es una novela que uno puede recomendar a cualquier lector, seguro de acertar.

lunes, 3 de enero de 2011

Cuando todo cambia y no hay vuelta atrás

La Metamorfosis
Franz Kafka

1915


¿Qué ocurriría si un día al despertar, después de una noche intranquila, os encontrarais convertidos en un desagradable insecto gigante? ¿Cómo reaccionaríais? ¿Cómo lo afrontarían vuestros seres queridos? ¿Podrían amar a un insecto? Haced una pausa y olvidad este siglo. Nos encontramos en los albores del xx. Aunque nunca hará referencia a ello, Franz Kafka (1883 – 1924) apunta a él en cada uno de sus libros y relatos. En la misma época en que Valle Inclán inventa el esperpento, Kafka escribe La Metamorfosis.

Gregorio Samsa, como trabajador responsable que es y sostén de su familia, lo primero que hace al despertar es pensar en el trabajo. Es un absurdo. ¿Quién de nosotros pensaría en coger un tren habiéndonos transformado en un ser monstruoso? Pero él se siente imprescindible. Tras esta reacción late la crítica social, el surgimiento de los movimientos obreros. Pero, olvidemos a los críticos, estamos con Gregorio en su habitación. Trata de levantarse de la cama, acuciado por su sentido del deber, pero no controla ese cuerpo extraño. Se golpea al caer. Lucha por seguir su vida como si nada hubiera ocurrido. Pero sí lo ha hecho. Se ha producido la metamorfosis. Una metamorfosis real y nada metafórica. Ya no hay vuelta atrás.

Los protagonistas de Kafka no son héroes, son personas normales, como tú y como yo. Encontraremos momentos de inusitada ternura en esta obra, como cuando el Gregorio insecto se embelesa con la música de su hermana; momentos humorísticos a la par que crueles, ¿cómo olvidar ese padre poderoso e inquisidor lanzando manzanas a su propio hijo para alejarle? ¿O a la sirvienta tratando de hacerle cosquillas? Compartiremos con Gregorio momentos de dolor, incomunicación y soledad. Y la relación de amor y odio con los suyos que le lleva a un final que no desvelaremos.

Como dijo Jorge Luis Borges “El destino de Kafka fue transmutar las circunstancias y las agonías en fabulas. Redactó sórdidas pesadillas en un estilo límpido. No en vano era lector de las Escrituras y devoto de Flaubert, de Goethe y de Swift. Era judío, pero la palabra judío no figura, que yo recuerde, en su obra. Esta es intemporal y tal vez eterna. Kafka es el gran escritor clásico de nuestro atormentado y extraño siglo.

Hermosamente japonesa

La fórmula preferida del profesor
Yoko Ogawa

Funambulista

2008 (2004)

¡Qué hermosamente japonesa! Es lo primero que pensó Paqui al acabar La fórmula preferida del profesor, la novela que catapultó en 2004 al éxito internacional a su autora, Yoko Ogawa (1962). Escribió la frase en la primera página del libro y la repitió con emoción ante el Club de Literatura Japonesa que se reúne todos los meses en la Librería Ramón Llull de Valencia. La frase suscitó mi interés al instante. Yo también había percibido la hermosura de la obra, pero quería saber qué significaba esa belleza nipona. Paqui respondió de inmediato: la honradez de los personajes, el hecho de que no haya nada obvio, el mundo que fluye como un bello haiku…

Es fácil saber por qué esta novela de Yoko Ogawa se ha convertido en un auténtico fenómeno social en Japón (un millón de ejemplares vendidos en dos meses, y otro millón en formato de bolsillo, película, cómic y CD) que ha desatado un inusitado interés por las matemáticas. También es fácil saber por qué cada vez tiene mayor éxito en sus antípodas, aquí en nuestra cultura occidental. La autora, como buena japonesa, no nos muestra lo obvio. Hace hincapié en lo sutil, en lo que queda oculto. Hay muchas capas por debajo de cada hecho narrado. Esta es una de las principales diferencias entre nuestra literatura y la nipona: las sombras, las historias ocultas tras un devenir de apariencia sencilla. Hay muchos secretos en las novelas de Yoko Ogawa.

La novela narra la consolidación de una intimidad entre una asistenta doméstica, su hijo de diez años y un viejo profesor de matemáticas cuya memoria se detuvo en 1975 y desde entonces sólo puede recordar los últimos ochenta minutos. Cada hora y veinte minutos el profesor vuelve al pasado y sólo una nota cosida a su americana le recuerda su dramática realidad: “Mi memoria sólo dura 80 minutos”.

Las matemáticas serán el cuarto personaje: el lenguaje que utiliza el profesor para conectar con el mundo. Pero no se trata de esas matemáticas áridas a las que estamos acostumbrados, sino de la belleza deslumbrante de los números.

Como dice en su postfacio el profesor León González Sotos, «asistimos al emocionado ajetreo, de venerable filiación platónica, entre la anónima doméstica, el también —¿innombrable?— Profesor y el pupilo Root. Entre idas y venidas, tareas caseras y cuidados piadosos a su muy especial cliente, éste va desvelando las arcanas relaciones numéricas que los datos cotidianos más anodinos pueden encerrar.»