lunes, 3 de enero de 2011

Cuando todo cambia y no hay vuelta atrás

La Metamorfosis
Franz Kafka

1915


¿Qué ocurriría si un día al despertar, después de una noche intranquila, os encontrarais convertidos en un desagradable insecto gigante? ¿Cómo reaccionaríais? ¿Cómo lo afrontarían vuestros seres queridos? ¿Podrían amar a un insecto? Haced una pausa y olvidad este siglo. Nos encontramos en los albores del xx. Aunque nunca hará referencia a ello, Franz Kafka (1883 – 1924) apunta a él en cada uno de sus libros y relatos. En la misma época en que Valle Inclán inventa el esperpento, Kafka escribe La Metamorfosis.

Gregorio Samsa, como trabajador responsable que es y sostén de su familia, lo primero que hace al despertar es pensar en el trabajo. Es un absurdo. ¿Quién de nosotros pensaría en coger un tren habiéndonos transformado en un ser monstruoso? Pero él se siente imprescindible. Tras esta reacción late la crítica social, el surgimiento de los movimientos obreros. Pero, olvidemos a los críticos, estamos con Gregorio en su habitación. Trata de levantarse de la cama, acuciado por su sentido del deber, pero no controla ese cuerpo extraño. Se golpea al caer. Lucha por seguir su vida como si nada hubiera ocurrido. Pero sí lo ha hecho. Se ha producido la metamorfosis. Una metamorfosis real y nada metafórica. Ya no hay vuelta atrás.

Los protagonistas de Kafka no son héroes, son personas normales, como tú y como yo. Encontraremos momentos de inusitada ternura en esta obra, como cuando el Gregorio insecto se embelesa con la música de su hermana; momentos humorísticos a la par que crueles, ¿cómo olvidar ese padre poderoso e inquisidor lanzando manzanas a su propio hijo para alejarle? ¿O a la sirvienta tratando de hacerle cosquillas? Compartiremos con Gregorio momentos de dolor, incomunicación y soledad. Y la relación de amor y odio con los suyos que le lleva a un final que no desvelaremos.

Como dijo Jorge Luis Borges “El destino de Kafka fue transmutar las circunstancias y las agonías en fabulas. Redactó sórdidas pesadillas en un estilo límpido. No en vano era lector de las Escrituras y devoto de Flaubert, de Goethe y de Swift. Era judío, pero la palabra judío no figura, que yo recuerde, en su obra. Esta es intemporal y tal vez eterna. Kafka es el gran escritor clásico de nuestro atormentado y extraño siglo.

Hermosamente japonesa

La fórmula preferida del profesor
Yoko Ogawa

Funambulista

2008 (2004)

¡Qué hermosamente japonesa! Es lo primero que pensó Paqui al acabar La fórmula preferida del profesor, la novela que catapultó en 2004 al éxito internacional a su autora, Yoko Ogawa (1962). Escribió la frase en la primera página del libro y la repitió con emoción ante el Club de Literatura Japonesa que se reúne todos los meses en la Librería Ramón Llull de Valencia. La frase suscitó mi interés al instante. Yo también había percibido la hermosura de la obra, pero quería saber qué significaba esa belleza nipona. Paqui respondió de inmediato: la honradez de los personajes, el hecho de que no haya nada obvio, el mundo que fluye como un bello haiku…

Es fácil saber por qué esta novela de Yoko Ogawa se ha convertido en un auténtico fenómeno social en Japón (un millón de ejemplares vendidos en dos meses, y otro millón en formato de bolsillo, película, cómic y CD) que ha desatado un inusitado interés por las matemáticas. También es fácil saber por qué cada vez tiene mayor éxito en sus antípodas, aquí en nuestra cultura occidental. La autora, como buena japonesa, no nos muestra lo obvio. Hace hincapié en lo sutil, en lo que queda oculto. Hay muchas capas por debajo de cada hecho narrado. Esta es una de las principales diferencias entre nuestra literatura y la nipona: las sombras, las historias ocultas tras un devenir de apariencia sencilla. Hay muchos secretos en las novelas de Yoko Ogawa.

La novela narra la consolidación de una intimidad entre una asistenta doméstica, su hijo de diez años y un viejo profesor de matemáticas cuya memoria se detuvo en 1975 y desde entonces sólo puede recordar los últimos ochenta minutos. Cada hora y veinte minutos el profesor vuelve al pasado y sólo una nota cosida a su americana le recuerda su dramática realidad: “Mi memoria sólo dura 80 minutos”.

Las matemáticas serán el cuarto personaje: el lenguaje que utiliza el profesor para conectar con el mundo. Pero no se trata de esas matemáticas áridas a las que estamos acostumbrados, sino de la belleza deslumbrante de los números.

Como dice en su postfacio el profesor León González Sotos, «asistimos al emocionado ajetreo, de venerable filiación platónica, entre la anónima doméstica, el también —¿innombrable?— Profesor y el pupilo Root. Entre idas y venidas, tareas caseras y cuidados piadosos a su muy especial cliente, éste va desvelando las arcanas relaciones numéricas que los datos cotidianos más anodinos pueden encerrar.»